sábado, 23 de mayo de 2026

LA HUELLA DEL ROCÍO EN EL DEVENIR DEL SER

El rocío matinal es la huella tangible de la niebla nocturna. Cada gota representa una fase del ser, una resolución local de las tensiones que vibran entre lo infinitamente pequeño y lo ilimitadamente grande.

Entre las numerosas y fecundas reflexiones que desarrolla Gilbert Simondon a propósito de la individuación física, hay una que resulta especialmente interesante para esta Epistemología Mestiza: es la noción de “órdenes de magnitud.

Alineada con la Ciencia de la Complejidad, la Epistemología Mestiza está familiarizada con la idea de los “sistemas anidados”, es decir, con la idea de que los sistemas de mayor escala integran a subsistemas menores, y así sucesivamente, propiciando un flujo permanente de energía e información entre las diferentes escalas de lo real. Ejemplo paradigmático de lo anterior sería el de la galaxia integrada por nebulosas y sistemas planetarios, etc.

Desde la perspectiva de Simondon, una galaxia X sería un “individuo”, una singularidad, integrada a su vez por X nebulosas, igualmente singulares, y por X sistemas planetarios, cada uno de ellos susceptible de ser considerado un “individuo” en tanto es el resultado de un proceso particular de individuación.

Hasta aquí, el concepto de los “sistemas anidados” parece plenamente convergente con el de “órdenes de magnitud”, aunque esta última noción no refiere tanto a una dimensión espacial, como al régimen energético que organiza el sistema.

Sin embargo, Simondon introduce en su reflexión algunas precisiones sobre las que vale la pena detenerse.

Por ejemplo, observa con agudeza que el proceso de individuación es decir, la emergencia de singularidades físicas se desarrolla topológica y cronológicamente entre dos magnitudes intermedias, es decir, cada escala de individuación o singularidad surge o emerge entre dos órdenes de magnitud.

Aplicado esto al proceso cosmológico, podríamos decir entonces que, en los primeros instantes tras el Big Bang, estamos puramente en el dominio de lo pre-individual: el proceso de articulación de los campos constitutivos del espacio-tiempo y de emergencia de las partículas cuánticas y la masa.

Esta micro escala coexiste, es simultánea, con la totalidad del espacio-tiempo: estamos, pues, ante los dos órdenes extremos de magnitud, sin ninguna mediación entre ellos. Lo más pequeño y lo infinitamente vasto coexisten en el mismo momento llenándolo todo. Son la única realidad.

No obstante, las “fluctuaciones cuánticas” distribuidas irregularmente en el tejido espacio-temporal derivarán en diferencias gravitatorias, originándose así el proceso de concentración de masa que, eventualmente, derivará en la aparición de regiones diferenciadas donde se agrupan los cúmulos galácticos y las diferentes galaxias en estado de formación.

Asistimos ahí a la formación de los primeros sistemas (y órdenes de magnitud) como mediación entre lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño, pues para entonces los primeros átomos y moléculas ya se han integrado.

Entre estos dos órdenes de magnitud empezarán a distinguirse regiones donde se formarán estrellas, sistemas planetarios y planetas, etcétera.

Otra agudeza de Simondon es subrayar que la aparición de individuos físicos y campos de individuación es un proceso indistinguible y simultáneo. En el ejemplo que venimos de mencionar, la individuación de las estrellas, los planetas y los sistemas planetarios es un único y mismo proceso.

Bajo ninguna circunstancia puede decirse que primero surge el medio individuante (el sistema planetario) y luego los individuos (estrella, planetas, satélites, planetoides, etc.): se trata de un mismo y único proceso, con lo que la arraigadísima distinción filosófica de raíz aristotélica entre “género” y “diferencia” queda en entredicho o, a lo menos, debe entenderse de otra forma.

Otro aspecto que Simondon subraya y sobre el que vale la pena reflexionar, es lo relativo al ser físico individuándose como un proceso continuo y sucesivo de fases o, dicho en sus términos, de desfasaje, que también llamamos devenir.

Siguiendo siempre el ejemplo cosmológico, podríamos considerar entonces que la individuación física tiene una fase atómica y molecular, que corre paralelamente, en el otro extremo de los órdenes de magnitud, a la individuación o formación de las galaxias, desplegándose progresivamente, en forma de fases, las complejidades molecular, estelar, planetaria, etc.

La Singularidad original, el Vacío Pleno sobresaturado de energía por la ruptura de las simetrías en la escala de la microfísica cuántica, se desfasa en sucesivas singularidades, en sucesivas e infinitas singularidades que se tenderán en diferentes órdenes de magnitud, entre lo infinitamente pequeño y lo ilimitadamente grande del principio. Al cabo de los eones, sucederá que una de tales singularidades sea quien escribe esto, y otra quien lo lee.

Pero, quizás, la más hermosa e inquietante observación de Simondon es aquella en la que anota que, puesto que el ser individuado emerge de lo pre-individual (y conserva parte de sus potencialidades, agrega), lo que como individuos podemos captar y con lo que en definitiva nos relacionamos, es con otras individualidades, con otras singularidades, pero no con aquello que está en el origen y es la fuente de su realidad. Escuchémoslo:

Como nosotros solo podemos aprehender la realidad por sus manifestaciones, es decir cuando ella cambia, no percibimos más que los aspectos complementarios extremos; pero lo que percibimos son las dimensiones de lo real antes que lo real; captamos su cronología y su topología de individuación, sin poder captar lo real preindividual que subtiende esta transformación.”

Percibimos las olas, pero no el mar del cual emergen. Una hermosa forma de señalar la precisa y delicada frontera donde el ser se desvanece de las realidades físicas, individuadas, y se funde poco a poco dentro de la niebla metafísica.

¿Pero acaso no es real la niebla? ¿Y no es el rocío matinal sobre las hojas la huella tangible de la niebla nocturna?

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