Entre las numerosas y fecundas reflexiones que desarrolla Gilbert Simondon a propósito de la individuación física, hay una que resulta especialmente interesante para esta Epistemología Mestiza: es la noción de “órdenes de magnitud.”
Alineada con la Ciencia
de la Complejidad, la Epistemología Mestiza está familiarizada con la idea de
los “sistemas anidados”, es decir, con la idea de que los sistemas de mayor
escala integran a subsistemas menores, y así sucesivamente, propiciando un
flujo permanente de energía e información entre las diferentes escalas de lo
real. Ejemplo paradigmático de lo anterior sería el de la galaxia integrada por
nebulosas y sistemas planetarios, etc.
Desde la
perspectiva de Simondon, una galaxia X sería un “individuo”, una singularidad, integrada
a su vez por X nebulosas, igualmente singulares, y por X sistemas planetarios,
cada uno de ellos susceptible de ser considerado un “individuo” en tanto es el
resultado de un proceso particular de individuación.
Hasta aquí, el
concepto de los “sistemas anidados” parece plenamente convergente con el de “órdenes
de magnitud”, aunque esta última noción no refiere tanto a una dimensión
espacial, como al régimen energético que organiza el sistema.
Sin embargo,
Simondon introduce en su reflexión algunas precisiones sobre las que vale la
pena detenerse.
Por ejemplo, observa
con agudeza que el proceso de individuación ‒es decir, la emergencia
de singularidades físicas‒ se desarrolla topológica y cronológicamente entre
dos magnitudes intermedias, es decir, cada escala de individuación o
singularidad surge o emerge entre dos órdenes de magnitud.
Aplicado esto al
proceso cosmológico, podríamos decir entonces que, en los primeros instantes
tras el Big Bang, estamos puramente en el dominio de lo pre-individual: el
proceso de articulación de los campos constitutivos del espacio-tiempo y de
emergencia de las partículas cuánticas y la masa.
Esta micro escala
coexiste, es simultánea, con la totalidad del espacio-tiempo: estamos, pues,
ante los dos órdenes extremos de magnitud, sin ninguna mediación entre ellos.
Lo más pequeño y lo infinitamente vasto coexisten en el mismo momento llenándolo
todo. Son la única realidad.
No obstante, las “fluctuaciones
cuánticas” distribuidas irregularmente en el tejido espacio-temporal derivarán
en diferencias gravitatorias, originándose así el proceso de concentración de
masa que, eventualmente, derivará en la aparición de regiones diferenciadas
donde se agrupan los cúmulos galácticos y las diferentes galaxias en estado de
formación.
Asistimos
ahí a la formación de los primeros sistemas (y órdenes de magnitud) como mediación entre lo
infinitamente grande y lo infinitamente pequeño, pues para entonces los
primeros átomos y moléculas ya se han integrado.
Entre estos dos
órdenes de magnitud empezarán a distinguirse regiones donde se formarán estrellas,
sistemas planetarios y planetas, etcétera.
Otra agudeza de
Simondon es subrayar que la aparición de individuos físicos y campos de
individuación es un proceso indistinguible y simultáneo. En el ejemplo que
venimos de mencionar, la individuación de las estrellas, los planetas y los
sistemas planetarios es un único y mismo proceso.
Bajo ninguna
circunstancia puede decirse que primero surge el medio individuante (el sistema
planetario) y luego los individuos (estrella, planetas, satélites, planetoides,
etc.): se trata de un mismo y único proceso, con lo que la arraigadísima distinción
filosófica de raíz aristotélica entre “género” y “diferencia” queda en
entredicho o, a lo menos, debe entenderse de otra forma.
Otro aspecto que
Simondon subraya y sobre el que vale la pena reflexionar, es lo relativo al ser
físico individuándose como un proceso continuo y sucesivo de fases o, dicho en
sus términos, de desfasaje, que también llamamos devenir.
Siguiendo siempre
el ejemplo cosmológico, podríamos considerar entonces que la individuación
física tiene una fase atómica y molecular, que corre paralelamente, en el otro extremo
de los órdenes de magnitud, a la individuación o formación de las galaxias,
desplegándose progresivamente, en forma de fases, las complejidades molecular,
estelar, planetaria, etc.
La Singularidad original,
el Vacío Pleno sobresaturado de energía por la ruptura de las simetrías en la
escala de la microfísica cuántica, se desfasa en sucesivas singularidades, en sucesivas
e infinitas singularidades que se tenderán en diferentes órdenes de magnitud, entre
lo infinitamente pequeño y lo ilimitadamente grande del principio. Al cabo de
los eones, sucederá que una de tales singularidades sea quien escribe esto, y otra quien lo lee.
Pero, quizás, la
más hermosa e inquietante observación de Simondon es aquella en la que anota
que, puesto que el ser individuado emerge de lo pre-individual (y conserva
parte de sus potencialidades, agrega), lo que como individuos podemos captar y
con lo que en definitiva nos relacionamos, es con otras individualidades, con
otras singularidades, pero no con aquello que está en el origen y es la fuente de su
realidad. Escuchémoslo:
“Como nosotros solo podemos aprehender la realidad por sus manifestaciones, es decir cuando ella cambia, no percibimos más que los aspectos complementarios extremos; pero lo que percibimos son las dimensiones de lo real antes que lo real; captamos su cronología y su topología de individuación, sin poder captar lo real preindividual que subtiende esta transformación.”
Percibimos las olas, pero no el mar del cual emergen. Una hermosa forma
de señalar la precisa y delicada frontera donde el ser se desvanece de las realidades
físicas, individuadas, y se funde poco a poco dentro de la niebla metafísica.
¿Pero acaso no es
real la niebla? ¿Y no es el rocío matinal sobre las hojas la huella tangible de
la niebla nocturna?

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