sábado, 30 de mayo de 2026

LA TERMODINÁMICA DEL SENTIDO: HACIA UNA EPISTEME DE LA IMPLICACIÓN


Información y significado refieren a la misma realidad, pero el significado es el producto de una conciencia, de un aconte-ser vivo. No puede concebirse, por tanto, la existencia de enunciados lingüísticos 'objetivos'. El sujeto siempre está implícito y, junto con él, una forma de situarse frente al mundo.


La Epistemología Mestiza resuena con todas aquellas concepciones y teorías que sostienen que los aconte-seres vivos, de los más simples a los más complejos, instituyen progresivamente un mundo de significados, que termina por ser su realidad primordial. Por ello, la distinción entre “información” y “significación” es relevante.

La in-formación tiene lugar en todos los órdenes de lo real, incluyendo lo inanimado. Ya hemos visto que, según ciertas teorías físico-cosmológicas contemporáneas, el universo mismo (el cosmos, el espacio-tiempo) es esencialmente un suceso o un acontecimiento in-formativo que tiene lugar “en la frontera dimensional” que es el vacío. Esto significa que, en última instancia, energía e información son asimilables, constituyen una misma realidad considerada desde dos perspectivas diferentes, desde dimensiones diferentes.

La información, según la célebre definición de Gregory Bateson, puede entenderse como 'noticia de una diferencia'. No obstante, la Epistemología Mestiza precisa que, en el orden de lo real inanimado, la información es estrictamente señal de una diferencia. La luz, por ejemplo, no espera a ser vista para ser real; es la señal tangible de las diferencias de polaridad en el campo electromagnético. Tal diferencia es constitutiva de lo real; es más, lo que llamamos “realidad” surge o es la manifestación de tales diferencias

Otro es el caso de los significados. El sujeto está en la base y es el fundamento de la significación. Más aún: la significación es instituida por los sujetos para registrar (y comunicar) las diferencias percibidas en la realidad. El de la significación es pues, hablando con propiedad, un proceso de transducción de la información en los organismos vivos, y entre ellos.

El lenguaje simbólico y articulado de los aconte-seres humanos es un sofisticado sistema de creación y transmisión de significados valiéndose de un código compartido. Nada en él puede ser neutral ni objetivo, pues todo enunciado, por el hecho de serlo, implica una subjetividad, un sujeto de enunciación.

No obstante ello, la objetividad, la anulación de todo vestigio o resquicio de subjetividad, es uno de los presupuestos del saber científico. Las ciencias físicas fundamentan su objetividad en la matematización, es decir, en la abstracción de sus teoremas y enunciados; otras disciplinas científicas se amparan en la “neutralidad del método” aplicado para obtener sus conclusiones, para de ahí derivar su carácter objetivo.

La Epistemología Mestiza postula y defiende que todo enunciado lingüístico comporta, además de información, un “gradiente de sentido” que sitúa y pone en relación al sujeto de enunciación con el contenido del enunciado. Dicho en otros términos: lo que afirmamos dice del mundo, pero dice también de nosotros y de nuestra relación con el mundo, de cómo nos situamos en él y lo entendemos.

La “objetividad” de las ciencias modernas implica una episteme, una concepción acerca de la relación entre el mundo y los aconte-seres humanos o “sujetos cognoscentes”. El presupuesto implícito es que el sujeto-conciencia y el mundo-objeto pertenecen a dos órdenes radicalmente diferentes de realidad. La Epistemología Mestiza, por el contrario, entiende que sujeto y mundo son constituyentes de una misma y única realidad. El sujeto está implicado en el mundo porque emerge de él y porque pertenece a él; están en el mismo orden de realidad. Esto no significa de ninguna manera que el conocimiento no sea posible, tan solo que es relativo.

Veamos esto con un ejemplo ilustrativo.

Desde el punto de vista de la termodinámica clásica, y en buena medida también para la Ciencia de la Complejidad, los sistemas físicos y orgánicos crecientemente complejos -átomos, moléculas, galaxias, estrellas, planetas, células, organismos multicelulares, ecosistemas y sistemas sociales, etc.- surgen, se constituyen o se articulan “para resolver las tensiones del sistema dentro cual emergen”.

La emergencia del sistema atómico resuelve las tensiones cuántico-probabilísticas de la microfísica de partículas; las moléculas emergen como resultado y resolución de las tensiones (de polaridad, carga y peso) de los átomos en el tejido espacio temporal; impulsadas por las diferencias gravitatorias, las moléculas se agrupan dando origen a nuevas moléculas y a nuevos elementos atómicos, etc. Los cuerpos celestes, y los sistemas que los organizan, responden a esa misma lógica: la resolución de las tensiones surgidas en el nivel precedente de organización, del cual emergen. La vida no es de ninguna forma una excepción, pues emerge, ahí donde existen condiciones favorables para que lo haga, por las mismas razones y bajo las mismas premisas.

Desde esta perspectiva, todos los sistemas y organizaciones que constituyen lo que llamamos “universo” no tienen otro propósito, otra “finalidad”, que disipar los gradientes de energía que existen en el universo: energía gravitatoria, electromagnética, calórica…

Organizados por las leyes físicas, los “sistemas complejos” surgen como resultado de esas diferencias y con el propósito de anularlas. Frase bien conocida en los predios de la termodinámica es aquella que sostiene que “la naturaleza aborrece los gradientes”. 

Ahora bien, el contenido de estas relaciones que acabamos de describir, puede enunciarse también de la siguiente forma: “todo cuanto existe es una manifestación de la energía potencial del universo.”

Termodinámicamente hablando, la expresión guarda el mismo rigor (quizás incluso mayor, puesto que la noción de “finalidad” o “propósito” ha desaparecido por completo); sin embargo, la frase está preñada de otros sentidos, encierra otras posibilidades de interpretación, y de alguna forma crea una relación muy diferente entre los elementos aludidos, incluyendo el sujeto de enunciación. Aquí el mundo ha dejado de ser un mecanismo de degradación energética, para convertirse en una manifestación de las potencialidades del universo. Dos descripciones profundamente diferentes, válidas ambas, de una misma realidad.

Lo mismo ocurre con la aseveración: “todo cuanto existe o sucede es expresión de la riqueza de potenciales subyacentes en la realidad.” Ciertamente, el lenguaje se aleja aquí de la física termodinámica, pero el contenido de la expresión puede ser fácilmente llevado a términos científicos.

¿Qué ha cambiado? Nada, apenas, en el contenido informativo; mucho, sin embargo, en el significado.

Esto es lo que quiere decir la Epistemología Mestiza cuando afirma que el lenguaje es un gradiente de sentido.

Por tratarse de significados, el mismo sistema de relaciones observado en la realidad, puede expresarse de muy diferentes formas; cada una conlleva una concepción del mundo y del lugar de los aconte-seres en él. La ciencia expulsa al aconte-ser del mundo, lo enajena de él, convirtiéndolo en extranjero. La Epistemología Mestiza apunta a suturar esa rotura, esa herida, situando el aconte-ser humano como singularidad dentro de una Singularidad.

sábado, 23 de mayo de 2026

LA HUELLA DEL ROCÍO EN EL DEVENIR DEL SER

El rocío matinal es la huella tangible de la niebla nocturna. Cada gota representa una fase del ser, una resolución local de las tensiones que vibran entre lo infinitamente pequeño y lo ilimitadamente grande.

Entre las numerosas y fecundas reflexiones que desarrolla Gilbert Simondon a propósito de la individuación física, hay una que resulta especialmente interesante para esta Epistemología Mestiza: es la noción de “órdenes de magnitud.

Alineada con la Ciencia de la Complejidad, la Epistemología Mestiza está familiarizada con la idea de los “sistemas anidados”, es decir, con la idea de que los sistemas de mayor escala integran a subsistemas menores, y así sucesivamente, propiciando un flujo permanente de energía e información entre las diferentes escalas de lo real. Ejemplo paradigmático de lo anterior sería el de la galaxia integrada por nebulosas y sistemas planetarios, etc.

Desde la perspectiva de Simondon, una galaxia X sería un “individuo”, una singularidad, integrada a su vez por X nebulosas, igualmente singulares, y por X sistemas planetarios, cada uno de ellos susceptible de ser considerado un “individuo” en tanto es el resultado de un proceso particular de individuación.

Hasta aquí, el concepto de los “sistemas anidados” parece plenamente convergente con el de “órdenes de magnitud”, aunque esta última noción no refiere tanto a una dimensión espacial, como al régimen energético que organiza el sistema.

Sin embargo, Simondon introduce en su reflexión algunas precisiones sobre las que vale la pena detenerse.

Por ejemplo, observa con agudeza que el proceso de individuación es decir, la emergencia de singularidades físicas se desarrolla topológica y cronológicamente entre dos magnitudes intermedias, es decir, cada escala de individuación o singularidad surge o emerge entre dos órdenes de magnitud.

Aplicado esto al proceso cosmológico, podríamos decir entonces que, en los primeros instantes tras el Big Bang, estamos puramente en el dominio de lo pre-individual: el proceso de articulación de los campos constitutivos del espacio-tiempo y de emergencia de las partículas cuánticas y la masa.

Esta micro escala coexiste, es simultánea, con la totalidad del espacio-tiempo: estamos, pues, ante los dos órdenes extremos de magnitud, sin ninguna mediación entre ellos. Lo más pequeño y lo infinitamente vasto coexisten en el mismo momento llenándolo todo. Son la única realidad.

No obstante, las “fluctuaciones cuánticas” distribuidas irregularmente en el tejido espacio-temporal derivarán en diferencias gravitatorias, originándose así el proceso de concentración de masa que, eventualmente, derivará en la aparición de regiones diferenciadas donde se agrupan los cúmulos galácticos y las diferentes galaxias en estado de formación.

Asistimos ahí a la formación de los primeros sistemas (y órdenes de magnitud) como mediación entre lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño, pues para entonces los primeros átomos y moléculas ya se han integrado.

Entre estos dos órdenes de magnitud empezarán a distinguirse regiones donde se formarán estrellas, sistemas planetarios y planetas, etcétera.

Otra agudeza de Simondon es subrayar que la aparición de individuos físicos y campos de individuación es un proceso indistinguible y simultáneo. En el ejemplo que venimos de mencionar, la individuación de las estrellas, los planetas y los sistemas planetarios es un único y mismo proceso.

Bajo ninguna circunstancia puede decirse que primero surge el medio individuante (el sistema planetario) y luego los individuos (estrella, planetas, satélites, planetoides, etc.): se trata de un mismo y único proceso, con lo que la arraigadísima distinción filosófica de raíz aristotélica entre “género” y “diferencia” queda en entredicho o, a lo menos, debe entenderse de otra forma.

Otro aspecto que Simondon subraya y sobre el que vale la pena reflexionar, es lo relativo al ser físico individuándose como un proceso continuo y sucesivo de fases o, dicho en sus términos, de desfasaje, que también llamamos devenir.

Siguiendo siempre el ejemplo cosmológico, podríamos considerar entonces que la individuación física tiene una fase atómica y molecular, que corre paralelamente, en el otro extremo de los órdenes de magnitud, a la individuación o formación de las galaxias, desplegándose progresivamente, en forma de fases, las complejidades molecular, estelar, planetaria, etc.

La Singularidad original, el Vacío Pleno sobresaturado de energía por la ruptura de las simetrías en la escala de la microfísica cuántica, se desfasa en sucesivas singularidades, en sucesivas e infinitas singularidades que se tenderán en diferentes órdenes de magnitud, entre lo infinitamente pequeño y lo ilimitadamente grande del principio. Al cabo de los eones, sucederá que una de tales singularidades sea quien escribe esto, y otra quien lo lee.

Pero, quizás, la más hermosa e inquietante observación de Simondon es aquella en la que anota que, puesto que el ser individuado emerge de lo pre-individual (y conserva parte de sus potencialidades, agrega), lo que como individuos podemos captar y con lo que en definitiva nos relacionamos, es con otras individualidades, con otras singularidades, pero no con aquello que está en el origen y es la fuente de su realidad. Escuchémoslo:

Como nosotros solo podemos aprehender la realidad por sus manifestaciones, es decir cuando ella cambia, no percibimos más que los aspectos complementarios extremos; pero lo que percibimos son las dimensiones de lo real antes que lo real; captamos su cronología y su topología de individuación, sin poder captar lo real preindividual que subtiende esta transformación.”

Percibimos las olas, pero no el mar del cual emergen. Una hermosa forma de señalar la precisa y delicada frontera donde el ser se desvanece de las realidades físicas, individuadas, y se funde poco a poco dentro de la niebla metafísica.

¿Pero acaso no es real la niebla? ¿Y no es el rocío matinal sobre las hojas la huella tangible de la niebla nocturna?

sábado, 16 de mayo de 2026

LA POÉTICA DEL SENTIDO: SIMONDON Y EL ESPEJAMIENTO MESTIZO

Los atractores que organizan los sistemas complejos presentan isomorfismos evidentes. Estos patrones también vehiculan información y, además, abren una vía de significación y re-conocimiento para los aconte-seres humanos.

En su breve historia, esta Epistemología Mestiza ha dado con no pocos interlocutores con quienes encuentra afinidad y resonancia en sus búsquedas, en sus métodos y, a menudo, incluso en sus términos. Uno de ellos es, sin duda, el filósofo francés Gilbert Simondon (1924-1989). Simondon es un filósofo relativamente poco conocido, de quien se dice ejerció considerable influencia sobre su paisano Gilles Deleuze.

En cualquier caso, la Epistemología Mestiza llegó a él por tratarse de un filósofo que reflexionó profundamente sobre la materia específicamente, sobre el proceso de individuación; es decir, sobre los procesos mediante los cuales llegan a existir entidades o realidades “individuales” o “singulares”.

Más importante aún, en su reflexión Simondon utilizó  enfoques y términos con los que esta Epistemología resuena, tales como “sistema”, “energía”, “energía potencial”, “resonancia”, entre otros. Familiarizado con el pensamiento científico (y muy particularmente, con los procesos tecnológicos), Simondon poseía una sólida cultura científica en diversos campos, incluyendo la física, la biología y la sicología.

Sus reflexiones sobre el proceso de individuación resultan de sumo interés para la Epistemología Mestiza, interesada por su parte en los procesos de síntesis e integración. Lo que puede parecer una paradoja lo es solo superficialmente, pues siendo la individuación “lo opuesto” de la integración, arroja muchas luces sobre ella, y viceversa.

Seguramente Simondon coincidiría con ese axioma de la Epistemología Mestiza según el cual, para integrarse a un sistema mayor, es preciso haberse diferenciado previamente, aunque sin duda él utilizaría aquí el término “individualizarse”. En otras palabras: solo puede integrarse y ser integrado, aquello que se ha individualizado o diferenciado previamente. Integración y diferenciación (individuación) son las dos caras de un mismo proceso, que la inteligencia solo puede captar diferenciadamente.

Sin embargo, no es sobre este aspecto sobre lo que pretendemos reflexionar en esta ocasión, sino sobre lo que Simondon denomina “transducción” y su relación con el “espejamiento” de la Epistemología Mestiza.

La transducción, nos dice Simondon, puede ser identificada en todos las escalas y procesos de lo real, empezando por los puramente físicos o materiales, pero también en los biológicos, mentales y sociales, y consiste en la operación mediante la cual “una actividad se propaga progresivamente en el interior de un dominio”, para agregar enseguida: “cada región de estructura constituida, sirve de principio de constitución  a la región siguiente, de modo que una modificación se extiende así progresivamente al mismo tiempo que dicha operación estructurante.”

De esta definición, retengamos que la transducción es el proceso mediante el cual una estructura se propaga dentro de un dominio. Un ejemplo claro en este sentido es la cristalización, acerca de la cual Simondon reflexiona aguda y extensamente: los cristales emergen dentro de una solución sobresaturada por un proceso de transducción. No es necesario saber mucho de química para comprender lo que se nos está diciendo.

El asunto se pone más interesante si consideramos, por ejemplo, la estructura centro-periferia y su iteración en diferentes escalas y dominios de lo real.

Como es de sobra conocido, este esquema o principio estructural centro/periferia es perfectamente identificable en la organización atómica, en la organización cosmológica a nivel galáctico y en otros subsistemas, a nivel celular y orgánico; también en la escala de los sistemas sociales, probablemente también a nivel psíquico, etcétera.

En consecuencia, podemos preguntarnos si estamos frente a la transducción de un principio de organización que opera en todas las escalas de lo real. ¿Se trata, efectivamente, de un mismo principio que se transduce, o solo de una semejanza formal, de un isomorfismo? ¿Qué tienen en común el núcleo atómico, el núcleo galáctico, el núcleo celular y el centro de un sistema económico-político, más allá de actuar como punto nodal de una estructura de relaciones que definen un “interior” y un “exterior”?

Simondon, probablemente, nos advertiría contra el peligro de la analogía abstracta, exigiendo encontrar el mecanismo genético común antes de validar la relación.

La Epistemología Mestiza no es tan terminante al respecto. Incluso asumiendo que ese isomorfismo no revela un mismo principio o agente de actividad (puesto que se trata, como es evidente, de diferentes dominios), la existencia de un patrón formal iterándose en diferentes campos y escalas de lo real reporta, en sí misma, cierta significación, “nos dice algo” acerca de la forma en que lo real se organiza y comporta. Desde la perspectiva de los Sistemas Complejos, estos isomorfismos revelan la recurrencia de ciertos "atractores" sistémicos en la organización de los diferentes campos de energía, y adquieren, por lo tanto, valor informativo. 

La materia y la energía tiende a organizarse según ciertos patrones, y si es cierto que la analogía legítima es aquella que revela una identidad de relaciones, antes que una relación de identidad, el espejamiento del núcleo celular con el núcleo atómico y con el núcleo galáctico, revela una identidad de relaciones topológicas en tres órdenes o dominios diferentes de la realidad.

A diferencia de la transducción, el espejamiento del que aquí hablamos apunta a identificar esas relaciones formales, esos isomorfismos, en las diferentes escalas y dominios, pues su objetivo no es descifrar la mecánica de la realidad, sino construir significados mediante los cuales los aconte-seres humanos recuperemos el derecho pleno de ciudadanía en la realidad y nos reinstalemos como legítimos habitantes del cosmos.  En otro sitio lo hemos dicho: el espejamiento es una forma de re-conocimiento (no de conocimiento), y como operación, tiene algo de ciencia, algo de arte y algo de magia.

 

REFERENCIAS:

Simondon, Gilbert. La individuación a la luz de las nociones de forma e información (1958). Editorial Cactus, Argentina. 2ª edición, 2015

 

 

sábado, 9 de mayo de 2026

¿DE QUÉ SE ALIMENTAN LOS DIOSES?

Concebidas a menudo como relaciones de reciprocidad, los tratos entre dioses y humanos también nos dicen algo sobre los intercambios energéticos y la termodinámica. Al menos para la Epistemología Mestiza.

Contrario a lo que parece, el alimento de los dioses puede ser un tema de interés, incluso para quienes no estamos convencidos de su existencia ni tenemos una idea clara de cómo podrían ser ellos, en caso de existir.

El asunto se presenta así: todo cuanto existe (al menos en las tres dimensiones espaciales y el tiempo) es, en última instancia, un sistema que intercambia energía con lo que lo rodea. La única excepción posible es el espacio-tiempo en su totalidad, que presuntamente no intercambiaría energía con ninguna otra instancia, porque tal cosa no existe, aunque los físicos teóricos tampoco pueden afirmar esto de forma taxativa.

Nebulosas, estrellas, planetas, púlsares, cuásares, agujeros negros, cometas, asteroides y todos los objetos conocidos están en permanente intercambio de energía y/o materia con su entorno, no digamos ya ese rarísimo (hasta donde sabemos) fenómeno cósmico que es la vida: su organización y mantenimiento requiere ingentes cantidades de energía, en intercambio constante con su entorno inmediato, para alcanzar y sostener su precario equilibrio homeostásico.

Si todo cuanto existe intercambia energía y/o materia con lo que lo rodea, ¿por qué habrían los dioses de ser distintos?

La mayoría de los pueblos asumieron que sus dioses, como todo lo observable, requieren de alimentación.  En algunos casos, imaginaron selectos y exclusivos manjares para ellos, que a menudo son, precisamente, los que les confieren la inmortalidad; en otras ocasiones, además de vitalidad, los alimentos también les confieren a los dioses visiones superiores y conocimiento trascendental.

En el vasto mundo de la diáspora Yoruba, en África y en América, los Orishas reciben diversas ofrendas (bebidas y alimentos). Estas no cumplen exactamente la función de alimentarlos en un sentido biológico, sino de nutrir su Aché (energía vital) para propiciar su manifestación en el plano terrenal. Lo que se alimenta y mantiene es la fluidez entre el Ara Onu (plano de los espíritus) y el Ayé (mundo físico). En este sistema, la divinidad es una fuerza en movimiento que requiere de la ofrenda humana para 'anclarse' y operar; sin ese intercambio, el vínculo se debilita y el orden sagrado se vuelve inaccesible para la comunidad.

En el mundo mesoamericano (nahua y maya), pero no exclusivamente en él, se configura la idea de que los dioses y los humanos vivimos en estrecha dependencia recíproca: los dioses infunden vida a los humanos, pero los humanos les retribuimos a ellos con fuerza o aliento vital, vía sacrificios, y el destino y sostenimiento del cosmos en su totalidad depende de este intercambio. En general, muchos cultos, ritos y sacrificios no solo los humanos asumen que de esa forma se alimenta a los dioses, en retribución por la vida o los bienes que estos nos conceden.

Entre los bribris de Costa Rica, Sibö, el gran concebidor u orquestador del mundo, en ocasiones cede las vidas humanas a sus numerosos ayudantes para que se alimenten; ellos se presentan en forma de enfermedades que devoran a los hombres “como ardillas el cacao.”

Naturalmente, en los monoteísmos el asunto es diferente, pues ellos mismos, como doctrinas, recogen y transmiten la intuición de la totalidad.

Ni Yavéh ni Alá requieren de alimento alguno; en la teología islámica, una de las definiciones fundamentales de Al-Samad (el Eterno, el Absoluto, el Impenetrable), es que no come ni bebe, pues el alimento implicaría necesidad, y por lo tanto imperfección. Tanto Alá como Yavéh son fuente primordial (y espiritual) de la que los humanos y todo lo existente dependemos y nos nutrimos, pero ellos mismos no dependen de nada ajeno o exterior.

En la teología hebraica, concretamente en la cábala luriana, Ein Sof es la Plenitud Original que no requiere de nada para mantener su condición. Sin embargo, en el proceso de creación, ocurrió una catástrofe cósmica —la Ruptura de los Vasos— que fragmentó las emanaciones divinas y precipitó chispas de luz a una condición de exilio en la materia. De tal condición, la divinidad será redimida mediante el Tikún, con la participación mística de los hombres. En este drama, la divinidad exiliada se nutre de la luz recuperada por el hombre; así, la redención humana es, al mismo tiempo, la restauración de la unidad divina.

La cábala luriana. La fragmentada luz divina retorna a la plenitud, y la reinstaura, gracias a la mediación humana: una variación sobre la transaccionalidad entre dioses y humanos. 

En el budismo, los Devas o seres iluminados de los reinos superiores no consumen alimento físico alguno y se alimentan exclusivamente de Dhyana (meditación/concentración), propio de un estado de conciencia pura.

En el Zoroastrismo, Ahura Mazda, la Divinidad Suprema, creadora del orden cósmico, no requiere ni se alimenta de nada, pero las buenas acciones humanas mantienen y refuerzan el orden contra la insidiosa labor de destrucción desplegada por el Antagonista supremo, Angra Mainyu.

En conjunto, estas ideas y visiones nos revelan que la conciencia de la inter-dependencia energética de todo lo existente es antigua como la humanidad, y que únicamente el Todo estaría exento de intercambiar energía con otras instancias, puesto que sería una contradicción en los términos.  

El tema de la alimentación y la nutrición quedó fuera de la mayor parte de la tradición filosófica occidental, aunque en el mundo antiguo, algunos presocráticos y estoicos lo abordaron tangencialmente, y le correspondió exclusivamente a la Medicina ocuparse del asunto.

No será hasta mediados del siglo XIX, con el descubrimiento casi simultáneo de las leyes de la termodinámica y del metabolismo celular, cuando el sustento material de la vida vuelva a ser objeto de atención filosófica, y hasta la segunda mitad del siglo XX, cuando el asunto se vislumbre en todas sus fascinantes dimensiones: la vida surge y depende de los gradientes de energía térmica, química y electromagnética presentes en nuestro planeta. Emerge de esas diferencias y se nutre de ellas. La energía del tigre que salta sobre su presa viene de las estrellas; el calor que se desprende de la gacela en su huída, regresa al cosmos. 


REFERENCIAS

De la Garza, Mercedes (1978). El hombre en el pensamiento religioso Náhuatl y Maya. Universidad Nacional Autónoma de México. México.

García, Alí y Alejandro Jaén (1996). Ies Sa´Yilite. Nuestros Orígenes. Historias bribris. Embajada de España en Costa Rica. Centro Cultural Español. 1a edición. San José,  Costa Rica. 

sábado, 2 de mayo de 2026

EL VACÍO EN EL ESPEJO

 

El mandala del Vacío - El isomorfismo entre el vacío físico del que emergen la energía y la materia, y la conciencia, como tensión primaria de la que emergen las representaciones mentales y los símbolos, fue intuido y postulado desde la antigüedad por la metafísica hindú. He aquí una interpretación mestiza de dicho isomorfismo.

Iniciemos con una imagen provocadora, un enigma como el que la esfinge de Tebas masculla y calla mientras se desmorona con el viento del desierto: ¿qué miraríamos si colocamos el Vacío frente a un espejo?  

Viene esto a cuento, porque para el sentido común, una de las nociones más desafiantes de la física contemporánea es, sin duda, el concepto de “vacío”.

Lo que nos dice la física y no solo la teórica, sino también la experimental es que “el vacío” es cualquier cosa, menos vacío.

Incluso en las planicies intergalácticas donde los átomos son objetos raros, casi inexistentes, “eso” que está ahí, esa “geometría” que separa las masas galácticas, está tensionada “desde dentro”, tiene una densidad positiva y una presión negativa (lo que, de paso, impulsa al espacio-tiempo en su incesante expansión…)

Durante la segunda mitad del siglo pasado y lo que llevamos del presente, descifrar y comprender qué es y, sobre todo, qué ocurre ahí donde solo hay “vacío”, se convirtió en una de las empresas más audaces y apasionantes de la física.

Hasta hoy, los científicos están lejos de creer saberlo todo, pero ciertamente, descubrieron muchas de las características de ese vacío, espacio-tiempo desnudo, geometría obcecadamente real y verificable, desde donde la materia emerge.  

No es esta Epistemología Mestiza la llamada a extenderse en profundidad sobre esos apasionantes hallazgos de la Física, pero a modo de abrebocas, puede decir que, tensionado por las presiones cuántico-probabilísticas, ese vacío bulle en chispeante e imperceptible actividad.

Lo que ahí ocurre está en las fronteras de nuestro entendimiento, pues en sentido estricto no puede considerarse energía ‒menos aún, materia y su naturaleza al menos desde la perspectiva humana solo puede aprehenderse y describirse con conceptos lógico-matemáticos o cibernético-informativos.

No obstante ello, esto no le quita un ápice de realidad, pues bajo condiciones experimentales (aceleradores de partículas, etc.) esas probabilidades, esas condiciones lógico-matemáticas, devienen manifestaciones tangibles y empíricamente verificables de energía. El vacío, pues, está cargado ¡y cuánto! de potencialidades y energías.

Más aun: todo cuanto para nosotros existe de los átomos a las galaxias, de los agujeros negros a las estrellas, de los planetas a los púlsares y a los organismos vivos surgió de ahí en lo que bien puede describirse como una exhalación. En efecto, toda la energía y la materia de nuestro universo, es el resultado de lo que de forma poco ortodoxa podemos describir como un “ajuste energético” de ese vacío.

La física contemporánea nos lo cuenta así: hubo un momento en que la tensión interna del vacío alcanzó un punto tal, que la Singularidad estaba impelida a encontrar un nuevo equilibrio; liberando o desprendiéndose de energía, lo encontró. El espacio-tiempo y todo lo que aquí ocurre es fruto de la energía liberada por el vacío en aquel momento.

Más afecta a las metáforas e imágenes que a las ecuaciones (de las lamentablemente poco entiende), esta Epistemología Mestiza interpreta entonces que todo cuanto ocurre en el espacio-tiempo es sedimento de aquella exhalación del Vacío Pleno (como llaman los físicos a ese vacío original antes del Big-Bang, para distinguirlo del actual, reducido desde entonces a su estado de energía basal o punto cero.)

Donde no hay moléculas, ni átomos, permanece ese vacío tenso y cargado como soporte de la geometría del espacio-tiempo, y sin aquél, este simplemente se desvanecería y el universo perdería su consistencia y unidad.

Todo esto resulta sin duda fascinante. Y ya que el espejamiento es el medio de re-conocimiento por excelencia de la Epistemología Mestiza, ensayaremos aquí uno de la mayor audacia.

Sin embargo, hemos de empezar diciendo que, como casi todo lo que plantea la Epistemología Mestiza, no somos originales en esto, pues esta misma idea fue expresada con precisión por la metafísica hindú alrededor de tres mil años antes de que las teorías del Vacío de la Física contemporánea empezaran a tomar forma.

Nos referimos, naturalmente, al espejamiento entre el Vacío y la conciencia.

Para realizar este espejamiento sin escorar la barca hacia la mística y mantener el rumbo de la Epistemología Mestiza, debemos precisar muy bien lo que entendemos por “conciencia”, puesto que del vacío dijimos suficiente.

En el contexto de la Epistemología Mestiza, entendemos por “conciencia”, en primera instancia, la capacidad desarrollada por los aconte-seres vivos con alto nivel de encefalización, para crear una representación interna, construida a partir de imágenes (y, eventualmente, también de símbolos) del entorno en el cual se desenvuelven. En la estela de Konrad Lorenz y otros biólogos, filósofos y etólogos, entendemos la conciencia, fundamentalmente, como ese “órgano de representación” necesario para que la complejidad viviente pueda sostenerse en el entorno en el que surge y está compelida a mantenerse, es decir, como una función de supervivencia.

Dicho esto, podemos preguntarnos: ¿de qué forma o en qué sentidos pueden espejarse el vacío del que hablábamos al inicio y la conciencia que acabamos de definir?

Digamos, primero que nada, que se trata de un espejamiento funcional, es decir, de un isomorfismo, y no de equiparar o igualar la naturaleza de ambos fenómenos.

Un primer espejamiento surge entonces de considerar que tanto el vacío físico o espacio-temporal como la conciencia se erigen como telón de fondo o estado base del que emergen, en el primer caso, la energía y la materia, y en el segundo, las imágenes y representaciones mentales, y que ambos, para operar, se mantienen en un estado de actividad o tensión permanente. (En el caso de la conciencia, esto se pone de manifiesto con lo que la neurociencia ha llamado el Default Mode Network (Red de Operación por Defecto), un conjunto de áreas cerebrales que permanecen activas en todo momento, incluso fuera del registro de la conciencia.)

Visto de esta forma, puede decirse que la conciencia es el "espacio-tiempo" de la mente: para que una imagen (materia mental) emerja, requiere de un fondo de "nada" donde proyectarse. Sin ese vacío, la mente sería como un sólido opaco, incapaz de reflejar el entorno. Más aun, tanto el vacío como la conciencia no solamente “proyectan” las señales, sino que también filtran y decantan la información, para que de ellas emerja algo coherente.

Un segundo espejamiento surge de considerar la estabilidad resultante: en el primer caso, la energía y la materia crearán y encontrarán, progresivamente, formas estables (estados estables, valga la redundancia) a partir de las funciones de onda puramente probabilísticas que operan en el vacío; en el caso de la conciencia, los datos sensoriales (presiones, temperaturas, intensidades) capturados del entorno encontrarán, progresivamente, la estabilidad de la imagen y el símbolo.  

Así como el Vacío sostiene la unidad del universo, la conciencia sostiene la unidad del Yo. Es la "presión" interna que evita que el sistema vivo se desgarre abrumado por una invasión de datos sueltos. La conciencia ejerce una "gravedad informativa" que mantiene los símbolos en órbita, al tiempo que le brinda cohesión al sujeto.

En última instancia, como intuyó hace milenios la metafísica hindú, mientras del Vacío original emergen las formas materiales, el universo de las cien mil cosas, del vacío mental surgen con la misma espontaneidad y por la misma necesidad las imágenes y representaciones mentales que les confieren a las primeras realidad, aunque sea, en opinión de ellos, una realidad engañosa, afirmación esta última con la que la Epistemología Mestiza, ni tampoco la física contemporánea, están necesariamente de acuerdo. Aunque tampoco lo contrario.

En definitiva, después de este breve espejamiento podemos decir que, al colocar el Vacío frente al espejo de la Conciencia, lo que aparece ahí no es la nada, sino la estructura misma de la posibilidad.

LA VIDA BARIÓNICA

  La isla bariónica.  La "materia ordinaria" o "materia bariónica", que constituye "nuestro" universo observab...