Iniciemos con una
imagen provocadora, un enigma como el que la Esfinge de Tebas masculla y calla
mientras se desmorona con el viento del desierto desde hace milenios: ¿qué miraríamos
si colocamos el Vacío frente a un espejo?
Viene esto a
cuento, porque para el sentido común, una de las nociones más desafiantes de la
física contemporánea es, sin duda, el concepto de “vacío”.
Lo que nos dice
la física ‒y no solo la teórica, sino también la experimental‒ es que “el vacío” es
cualquier cosa, menos vacío.
Incluso en las planicies intergalácticas donde los átomos son objetos raros, casi inexistentes, “eso” que está ahí, esa “geometría” que separa las masas
galácticas, está tensionada “desde dentro”, tiene una densidad positiva y una
presión negativa (lo que, de paso, impulsa al espacio-tiempo en su incesante
expansión…)
Durante la
segunda mitad del siglo pasado y lo que llevamos del presente, descifrar y
comprender qué es y, sobre todo, qué ocurre ahí donde solo hay “vacío”, se
convirtió en una de las empresas más audaces y apasionantes de la física.
Hasta hoy, los científicos
están lejos de creer saberlo todo, pero ciertamente, descubrieron muchas de las
características de ese vacío, espacio-tiempo desnudo, geometría obcecadamente
real y verificable, desde donde la materia emerge.
No es esta
Epistemología Mestiza la llamada a extenderse en profundidad sobre esos
apasionantes hallazgos de la Física, pero a modo de abrebocas, puede decir que,
tensionado por las presiones cuántico-probabilísticas, ese vacío bulle en chispeante
e imperceptible actividad.
Lo que ahí ocurre
está en las fronteras de nuestro entendimiento, pues en sentido estricto no
puede considerarse energía ‒menos aún, materia‒ y su naturaleza ‒al
menos desde la perspectiva humana‒ solo puede aprehenderse y describirse con
conceptos lógico-matemáticos o cibernético-informativos.
No obstante ello,
esto no le quita un ápice de realidad, pues bajo condiciones experimentales
(aceleradores de partículas, etc.) esas probabilidades, esas condiciones
lógico-matemáticas, devienen manifestaciones tangibles y empíricamente
verificables de energía. El vacío, pues, está cargado ‒¡y cuánto!‒ de potencialidades
y energías.
Más aun: todo
cuanto para nosotros existe ‒de los átomos a las galaxias, de los agujeros
negros a las estrellas, de los planetas a los púlsares y a los organismos vivos‒ surgió
de ahí en lo que bien puede describirse como una exhalación. En efecto, toda la
energía y la materia de nuestro universo, es el resultado de lo que de forma
poco ortodoxa podemos describir como un “ajuste energético” de ese vacío.
La física
contemporánea nos lo cuenta así: hubo un momento en que la tensión interna del
vacío alcanzó un punto tal, que la Singularidad estaba impelida a encontrar un
nuevo equilibrio; liberando o desprendiéndose de energía, lo encontró. El
espacio-tiempo y todo lo que aquí ocurre es fruto de la energía liberada por
el vacío en aquel momento.
Más afecta a las
metáforas e imágenes que a las ecuaciones (de las lamentablemente poco entiende),
esta Epistemología Mestiza interpreta entonces que todo cuanto ocurre en el
espacio-tiempo es sedimento de aquella exhalación del Vacío Pleno (como llaman
los físicos a ese vacío original antes del Big-Bang, para distinguirlo del
actual, reducido desde entonces a su estado de energía basal o punto cero.)
Donde no hay
moléculas, ni átomos, permanece ese vacío tenso y cargado como soporte de la
geometría del espacio-tiempo, y sin aquél, este simplemente se desvanecería y
el universo perdería su consistencia y unidad.
Todo esto resulta
sin duda fascinante. Y ya que el espejamiento es el medio de re-conocimiento
por excelencia de la Epistemología Mestiza, ensayaremos aquí uno de la mayor
audacia.
Sin embargo,
hemos de empezar diciendo que, como casi todo lo que plantea la Epistemología
Mestiza, no somos originales en esto, pues esta misma idea fue expresada con
precisión por la metafísica hindú alrededor de tres mil años antes de que las
teorías del Vacío de la Física contemporánea empezaran a tomar forma.
Nos referimos, naturalmente,
al espejamiento entre el Vacío y la conciencia.
Para realizar
este espejamiento sin escorar la barca hacia la mística y mantener el rumbo de
la Epistemología Mestiza, debemos precisar muy bien lo que entendemos por “conciencia”,
puesto que del vacío dijimos suficiente.
En el contexto de
la Epistemología Mestiza, entendemos por “conciencia”, en primera instancia, la
capacidad desarrollada por los aconte-seres vivos con alto nivel de
encefalización, para crear una representación interna, construida a partir de
imágenes (y, eventualmente, también de símbolos) del entorno en el cual se
desenvuelven. En la estela de Konrad Lorenz y otros biólogos, filósofos y
etólogos, entendemos la conciencia, fundamentalmente, como ese “órgano de
representación” necesario para que la complejidad viviente pueda sostenerse en
el entorno en el que surge y está compelida a mantenerse, es decir, como una
función de supervivencia.
Dicho esto, podemos
preguntarnos: ¿de qué forma o en qué sentidos pueden espejarse el vacío del que
hablábamos al inicio y la conciencia que acabamos de definir?
Digamos, primero
que nada, que se trata de un espejamiento funcional, es decir, de un
isomorfismo, y no de equiparar o igualar la naturaleza de ambos fenómenos.
Un primer espejamiento surge entonces de considerar que tanto el vacío físico o espacio-temporal como la conciencia se erigen como telón de fondo o estado base del que emergen, en el primer caso, la energía y la materia, y en el segundo, las imágenes y representaciones mentales, y que ambos, para operar, se mantienen en un estado de actividad o tensión permanente. (En el caso de la conciencia, esto se pone de manifiesto con lo que la neurociencia ha llamado el Default Mode Network (Red de Operación por Defecto), un conjunto de áreas cerebrales que permanecen activas en todo momento, incluso fuera del registro de la conciencia.)
Visto de esta forma, puede
decirse que la conciencia es el "espacio-tiempo" de la mente:
para que una imagen (materia mental) emerja, requiere de un fondo de
"nada" donde proyectarse. Sin ese vacío, la mente sería como un
sólido opaco, incapaz de reflejar el entorno. Más aun, tanto el vacío como la
conciencia no solamente “proyectan” las señales, sino que también filtran y
decantan la información, para que de ellas emerja algo coherente.
Un segundo
espejamiento surge de considerar la estabilidad resultante: en el primer caso,
la energía y la materia crearán y encontrarán, progresivamente, formas estables
(estados estables, valga la redundancia) a partir de las funciones de onda puramente
probabilísticas que operan en el vacío; en el caso de la conciencia, los datos
sensoriales (presiones, temperaturas, intensidades) capturados del entorno
encontrarán, progresivamente, la estabilidad de la imagen y el símbolo.
Así como el Vacío
sostiene la unidad del universo, la conciencia sostiene la unidad del Yo.
Es la "presión" interna que evita que el sistema vivo se desgarre
abrumado por una invasión de datos sueltos. La conciencia ejerce una
"gravedad informativa" que mantiene los símbolos en órbita, al tiempo
que le brinda cohesión al sujeto.
En última instancia,
como intuyó hace milenios la metafísica hindú, mientras del Vacío original
emergen las formas materiales, el universo de las cien mil cosas, del vacío
mental surgen con la misma espontaneidad y por la misma necesidad las imágenes
y representaciones mentales que les confieren a las primeras realidad,
aunque sea, en opinión de ellos, una realidad engañosa, afirmación esta última
con la que la Epistemología Mestiza, ni tampoco la física contemporánea, están
necesariamente de acuerdo. Aunque tampoco lo contrario.
En definitiva,
después de este breve espejamiento podemos decir que, al colocar el Vacío frente al espejo de la Conciencia, lo que aparece ahí no es la nada, sino la estructura misma de la posibilidad.
