viernes, 3 de abril de 2026

LA MATERIA COMO PUERTO DE LLEGADA: DEL DESEO DIVINO A LA RESONANCIA DEL QI

 

El continuum del Qi y el Gan Yin. "La materia" no ha existido desde siempre. Es un concepto laboriosamente construido y con muchas derivaciones históricas y culturales. Presciendiendo de divinidades, los antiguos chinos llegaron a la idea de Qi, que resuena profundamente con la Física Cuántica. La materia es Qi en estado de mayor densidad.

Desde cierta perspectiva, “la materia” no existe hasta el siglo VI antes de la Era Común, cuando en la Hélade los primeros filósofos se preguntaron por el primer (o el último) componente de la diversidad de los seres y las cosas, originándose así la teoría atomista de Demócrito y otras en la misma dirección. En China, como veremos más adelante, ocurría algo similar.

En otras palabras: dentro del pensamiento mítico esta es una pregunta que no tiene cabida. Los seres y las cosas existen por la voluntad de los dioses y las diosas, quienes pueden transformarlas y modificarlas, dando así origen a otros seres, pero la pregunta por “el componente último de la realidad” no existe. Los seres y las cosas, en su sobrecogedora diversidad, existen (existimos) porque fueron concebidos y creados por los dioses, o bien, porque en algún momento otros dioses intervinieron o modificaron a los seres pre existentes para que sean lo que son hoy.  

¿Sobre qué entidades o realidades operan los dioses y las diosas primordiales para que el mundo exista o tome forma?

Ciertamente, en los relatos míticos los dioses originales no operan sobre la nada, sino sobre algo que, por muy diferentes caminos o imágenes, viene a significar “la potencialidad”.

Escuchemos el Popol Vuh:

Solo estaban Tz´aqol,

                Bitol,

Tepew Qúkumatz,

Alom,

K´ajolom en el agua.

Diminaban luz

Estando envueltos en plumas de quetzal

en plumas azules…”

 Y el Himno de la Creación (Nasadiya Sukta) del Rig Veda:

"Al principio no había el Ser ni el No-Ser... Solo el Uno respiraba, por su propia naturaleza, sin aire... Entonces, en el principio, surgió el Deseo (Kama), que fue la primigenia semilla de la mente"

En definitiva, la realidad sobre la que operan los dioses primordiales es su propio deseo.

De cierta forma, la sofisticada metafísica hindú se aparta de esta tónica y se pregunta por el sustrato último de la realidad, pero su respuesta nos lleva muy lejos de la materia, más bien a sus antípodas, conduciéndonos hacia Brahma, la Conciencia o Mente Pura, mientras que la Materia queda relegada a la mera condición de ilusión (Maya). La respuesta védica, entonces, tampoco apunta hacia lo que, a partir de los griegos, empezaremos a conceptualizar como “materia”.

Dos caminos que se bifurcan están, al inicio, muy cerca, pero conforme avanzan, se alejan más y más, como podemos observarlo en la encrucijada entre el pensamiento mítico y el logos griego. Si la pregunta mítica es, en general, ¿de dónde surge y por qué existe lo que existe?, el primitivo logos inquiere, más bien: ¿qué es lo que existe y de qué está formado? 

Durante más de dos milenios, las respuestas a la pregunta por la materia irán variando, y del mundo helénico y mediterráneo, se diseminarán hacia lo que luego vendrá a ser la Cristiandad, el Islam, etc. Así, la materia será en la doctrina hylemórfica de Aristóteles pura potencialidad sin forma (o potencialidad aguardando por forma); en el medioevo y el alquimismo pre y post renacentistas, tres o cuatro elementos (hasta una docena) que, en su interacción, dan origen a la variedad de lo existente; en el racionalismo cartesiano, res extensa (dotada de extensión y movimiento); en el mecanicismo newtoniano, partículas interactuantes; en el relativismo einsteniano, energía, para mutar nuevamente, con la teoría de campos cuánticos, hacia información. Ya Gastón Bachelard (El Nuevo Espíritu Científico 1934) había señalado que la materia propiamente dicha no existe, pues su concepto es una incesante re-construcción epocal.

Sin embargo, una civilización se caracteriza por haber distinguido, muy tempranamente, lo que entendemos como “materia”, separándolo de la voluntad de los dioses, y por haber desarrollado una sofisticada concepción sobre ella, que resuena profundamente con algunas de las concepciones más avanzadas de la ciencia occidental.

Nos referimos a China. Según Joseph Needham, en su monumental Science and Civilisation in China (Cambridge University Press, 1954 en adelante), a través del concepto de Qi (Chi), la civilización china, tan tempranamente como el siglo IV AEC, empieza a decantar una concepción de la materia estrechamente ligada con la energía y con el vacío. De hecho, no hay ruptura insalvable entre estos tres conceptos, solo gradaciones de intensidad o “sutileza”: la materia es Qi en estado de mayor densidad, y de ella dimanan “las diez mil cosas”. Por su parte, el vacío de donde dinamina el Qi, es pura potencialidad sin forma. Polarizándose en incesante dualidad, el Qi se diversifica y sintetiza sin cesar

Además, brilla en esta concepción un concepto con el que esta Epistemología Mestiza es particularmente afecta: la resonancia. Fascinados por el fenómeno del magnetismo, los sabios y estudiosos chinos entienden el mundo como una serie de campos donde las energías se propagan y vibran en diferentes frecuencias, produciéndose así la resonancia. Las cosas se mueven y se transforman no porque un dios lo ordene, sino por resonancia (Ganying). Más que un mundo mecanicista, donde la dualidad sujeto/objeto se impone, estamos ante (o dentro) de un mundo organicista, donde todo está inter-relacionado, no de forma mágica o “espiritual”, sino por ese continuum del Qi, presente en todos los órdenes de la realidad, por ser su fundamento último. Esta concepción, sobre todo a partir de sus formalizaciones más maduras, alrededor del año 1000 EC (Dinastía Song, 960 - 1279 d.C), postula claramente la idea de que el Qi (unidad de energía y materia en diferentes estados), se auto organiza espontáneamente (Li).

Así pues, lejos de ser un “punto de partida”, como lo es hoy para nosotros, la materia constituye más bien un “puerto de llegada” para los aconte-seres humanos en la reflexión sobre esta incierta aventura cósmica de la que somos partícipes.

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