Desde cierta
perspectiva, “la materia” no existe hasta el siglo VI antes de la Era Común,
cuando en la Hélade los primeros filósofos se preguntaron por el primer (o el
último) componente de la diversidad de los seres y las cosas, originándose así la
teoría atomista de Demócrito y otras en la misma dirección. En China, como
veremos más adelante, ocurría algo similar.
En otras
palabras: dentro del pensamiento mítico esta es una pregunta que no tiene
cabida. Los seres y las cosas existen por la voluntad de los dioses y las
diosas, quienes pueden transformarlas y modificarlas, dando así origen a otros
seres, pero la pregunta por “el componente último de la realidad” no existe.
Los seres y las cosas, en su sobrecogedora diversidad, existen (existimos)
porque fueron concebidos y creados por los dioses, o bien, porque en algún
momento otros dioses intervinieron o modificaron a los seres pre existentes
para que sean lo que son hoy.
¿Sobre qué
entidades o realidades operan los dioses y las diosas primordiales para que el
mundo exista o tome forma?
Ciertamente, en los
relatos míticos los dioses originales no operan sobre la nada, sino sobre algo
que, por muy diferentes caminos o imágenes, viene a significar “la
potencialidad”.
Escuchemos el Popol Vuh:
Solo
estaban Tz´aqol,
Bitol,
Tepew Qúkumatz,
Alom,
K´ajolom en el agua.
Diminaban luz
Estando envueltos en plumas de quetzal
en plumas azules…”
"Al principio no había el Ser ni el No-Ser... Solo el Uno
respiraba, por su propia naturaleza, sin aire... Entonces, en el principio,
surgió el Deseo (Kama), que fue la primigenia semilla de la mente"
En definitiva, la
realidad sobre la que operan los dioses primordiales es su propio deseo.
De cierta forma,
la sofisticada metafísica hindú se aparta de esta tónica y
se pregunta por el sustrato último de la realidad, pero su respuesta nos lleva
muy lejos de la materia, más bien a sus antípodas, conduciéndonos hacia Brahma, la
Conciencia o Mente Pura, mientras que la Materia queda relegada a la mera
condición de ilusión (Maya). La respuesta védica, entonces, tampoco apunta hacia
lo que, a partir de los griegos, empezaremos a conceptualizar como “materia”.
Dos caminos que se bifurcan están, al inicio, muy cerca, pero conforme avanzan, se alejan más y más, como podemos observarlo en la encrucijada entre el pensamiento mítico y el logos griego. Si la pregunta mítica es, en general, ¿de dónde surge y por qué existe lo que existe?, el primitivo logos inquiere, más bien: ¿qué es lo que existe y de qué está formado?
Durante más de
dos milenios, las respuestas a la pregunta por la materia irán variando, y del
mundo helénico y mediterráneo, se diseminarán hacia lo que luego vendrá a ser
la Cristiandad, el Islam, etc. Así, la materia será en la doctrina hylemórfica
de Aristóteles pura potencialidad sin forma (o potencialidad aguardando por forma); en el medioevo y el alquimismo pre
y post renacentistas, tres o cuatro elementos (hasta una docena) que,
en su interacción, dan origen a la variedad de lo existente; en el racionalismo
cartesiano, res extensa (dotada de extensión y movimiento); en el mecanicismo
newtoniano, partículas interactuantes; en el relativismo einsteniano, energía,
para mutar nuevamente, con la teoría de campos cuánticos, hacia información. Ya
Gastón Bachelard (El Nuevo Espíritu Científico 1934) había señalado que
la materia propiamente dicha no existe, pues su concepto es una incesante re-construcción
epocal.
Sin embargo, una
civilización se caracteriza por haber distinguido, muy tempranamente, lo que
entendemos como “materia”, separándolo de la voluntad de los dioses, y por
haber desarrollado una sofisticada concepción sobre ella, que resuena profundamente
con algunas de las concepciones más avanzadas de la ciencia occidental.
Nos referimos a China. Según Joseph Needham, en su monumental Science and Civilisation in China (Cambridge University Press, 1954 en adelante), a través del concepto de Qi (Chi), la civilización china, tan tempranamente como el siglo IV AEC, empieza a decantar una concepción de la materia estrechamente ligada con la energía y con el vacío. De hecho, no hay ruptura insalvable entre estos tres conceptos, solo gradaciones de intensidad o “sutileza”: la materia es Qi en estado de mayor densidad, y de ella dimanan “las diez mil cosas”. Por su parte, el vacío de donde dinamina el Qi, es pura potencialidad sin forma. Polarizándose en incesante dualidad, el Qi se diversifica y sintetiza sin cesar.
Además, brilla en esta concepción un
concepto con el que esta Epistemología Mestiza es particularmente afecta: la resonancia.
Fascinados por el fenómeno del magnetismo, los sabios y estudiosos chinos entienden
el mundo como una serie de campos donde las energías se propagan y vibran en
diferentes frecuencias, produciéndose así la resonancia. Las cosas se mueven y
se transforman no porque un dios lo ordene, sino por resonancia (Ganying).
Más que un mundo mecanicista, donde la dualidad sujeto/objeto se impone,
estamos ante (o dentro) de un mundo organicista, donde todo está
inter-relacionado, no de forma mágica o “espiritual”, sino por ese continuum
del Qi, presente en todos los órdenes de la realidad, por ser su
fundamento último.
Así pues, lejos de ser un “punto de
partida”, como lo es hoy para nosotros, la materia constituye más bien un “puerto
de llegada” para los aconte-seres humanos en la reflexión sobre esta incierta aventura cósmica de
la que somos partícipes.

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