Contrariamente a lo que podría
sugerir el título sobre estas líneas, el tema que abordaremos en los párrafos
que siguen no es el mestizaje étnico y la hibridación cultural en el continente
americano, ni en ningún otro escenario histórico o geográfico. Se trata de
dilucidar, más bien, los sentidos que puede adquirir el término “síntesis” en el marco de lo que hemos llamado
“Epistemología Mestiza”.
El tema puede tener algún interés,
pues esta “filosofía silvestre” ‒como también se identifica la Epistemología
Mestiza‒, se nutre y emerge de la llamada Ciencia de la Complejidad, un marco
teórico-conceptual desarrollado con particular vigor en Europa y los Estados
Unidos a partir de la segunda mitad del Siglo XX, aunque sus raíces se hunden
en la tradición filosófica y científica del llamado “mundo occidental”, y sus
ecos resuenan en diversas épocas y latitudes.
Como es
sabido, el concepto de “síntesis” se remonta al pensamiento helénico, pero
encuentra especial resonancia en la filosofía europea durante el siglo XIX,
tanto en su vertiente idealista como en la materialista, y no es de uso
habitual en los predios de la Complejidad. No obstante ello, la Epistemología
Mestiza define y sitúa la síntesis como uno de los focos de su atención y la reconoce
como uno de los procesos que tienen lugar en todas las escalas de lo real. ¿Qué
se entiende entonces por “síntesis” desde nuestra filosofía silvestre?
Para
responder a esta pregunta, debemos recordar las premisas básicas de la Epistemología
Mestiza. Para lo que aquí resulta pertinente, cabe destacar su deliberado propósito
de poner a dialogar la ciencia contemporánea con el pensamiento mítico, bajo la
premisa de que ambos sistemas de pensamiento responden a la necesidad orgánica
de los aconte-seres vivos de orientarse en el mundo donde están impelidos a
responder al desafío de sobrevivir. La Epistemología Mestiza, por tanto, asume
que la conciencia (y el pensamiento simbólico como su función más especializada,
hasta donde conocemos), es una propiedad emergente de la materia que ha alcanzado
cierto grado de complejidad, específicamente en los aconte-seres vivientes. Una
hipótesis sobre la forma específica en que la conciencia emerge en la materia
viviente, puede encontrarse en Espejamientos y resonancias: ensayo de Epistemología
Mestiza.
A partir de
lo anterior, es posible situar y empezar a definir lo que entiende la
Epistemología Mestiza por “síntesis”. Para hacerlo, debemos enfocar nuestra
atención en el concepto de “materia”, pues este es el proceso fundamental de
organización de lo real, a partir del cual derivan los demás.
En resonancia profunda con el Modelo Estándar de la Física, para la Epistemología Mestiza
la materia puede describirse como el estado del espaciotiempo que, tensionado por la energía, alcanza una configuración de orden estable en el tejido de la realidad.
Examinemos las principales implicaciones
de este acercamiento. En primer lugar, salta a la vista la consideración de la
materia como un estado y no como una “cosa”. Un estado es una condición, una
configuración, una relación de elementos varios. ¿Cuáles son los elementos que
se configuran o intervienen para que la materia “suceda” o “emerja”?
El primer elemento es el espaciotiempo
mismo, es decir, el tejido tetradimensional (tres dimensiones espaciales y una
temporal) donde todo lo conocido ocurre. La Física y la Cosmología sostienen hoy
que este tejido es un entramado de “campos cuánticos” (para los efectos, puntos
matemáticos que, sin embargo, tienen entidad o realidad.) La materia es entonces un estado del
espaciotiempo ‒aseveración que ya despierta profundas y hermosas resonancias‒, pero enseguida se establece que no es cualquier estado, sino uno
particular, “tensionado por la energía”.
El vacío donde la materia emerge es
constantemente desestabilizado por fluctuaciones (diferencias de carga,
orientación, intensidad); es un mar de agitación, de tensiones cuánticas
(probabilísticas, potenciales) que, alcanzado cierto umbral (que la Física
denomina “Campo de Higgs”) empiezan a “particularizarse”, a convertirse en
partículas. No obstante, estas tensiones-casi-partículas son todavía demasiado
inestables para ser consideradas “materia” pues, para que ello ocurra, el
espaciotiempo debe poseer cierta estabilidad, persistencia o permanencia.
Este tercer elemento de nuestra definición
también resulta fascinante: para configurarse como “materia”, las tensiones del
espaciotiempo deben haber alcanzado “…un
orden estable en el tejido de la realidad.” Así pues,
la materia en sus primeros estados (los hadrones ‒protones y neutrones del núcleo atómico‒) ha
alcanzado esta estabilidad.
Si parte del programa de la Epistemología
Mestiza es espejar ciencia y mito, este es el momento para señalar que, en
resonancia con la teología cristiana y otras cosmovisiones, la transformación de
las fluctuaciones cuánticas en partículas implica una caída en el nivel de
energía respecto a la indeterminación cuántico/probabilística.
Las condiciones necesarias para que las
fluctuaciones cuánticas se estabilicen como materia resulta, de acuerdo con los
conocimientos de hoy, de un complejísimo balance de fuerzas y contrafuerzas que
“encapsulan” o contienen (en el sentido de limitar) el despliegue de la energía,
y así surge la masa. Por último, cabe señalar que la materia no retorna a la
indeterminación probabilística del vacío, simplemente porque para hacerlo
debería desestructurarse, y eso requeriría de energía adicional (salvo en el
caso de los isótopos inestables, claro está.) Así pues, la energía “queda
atrapada” en la masa en un estado inercial de donde no puede escapar a menos que
reciba energía del exterior (como la que ocurre en la fisión nuclear) que desorganice
el sistema.
Con este marco, podemos adelantar ya una definición tentativa de “síntesis”. La Epistemología Mestiza entiende por síntesis el proceso mediante el cual las tensiones de un campo o sistema, se resuelven en una nueva estructura precariamente estable. Aplicado esto al proceso que venimos de describir, podemos decir entonces que las tensiones cuánticas del espacio tiempo se sintetizan como materia.
Acudiendo al lenguaje habitual de la Ciencia
de Complejidad, la síntesis puede describirse como la o las propiedades
emergentes resultado de un sistema complejo en estado de desequilibrio. No se
trata del atractor que organiza el sistema y le confiere su estabilidad, sino
de aquello que emerge de él como una propiedad nueva a partir de los elementos
que interactúan en él. Así pues, la masa y la estabilidad de la materia son
novedades cualitativas respecto de las fluctuaciones cuánticas y las fuerzas y
tensiones que las organizan.
Enfoquemos ahora nuestra atención en la condición
de “precaria estabilidad” de toda síntesis. Como hemos visto, bajo ciertas
condiciones la materia puede decaer hacia la indeterminación cuántica de donde
ha emergido, perdiendo sus propiedades. Más aún, alineadas con las Leyes de la
Termodinámica, varias teorías físico-cosmológicas vaticinan que ineluctablemente
el universo en su totalidad se estabilizará en el futuro lejano como radiaciones
de baja energía, y esto que llamamos “materia” habrá sido solo un episodio de
su devenir.
Por otro lado, impulsada por los gradientes de
energía del sistema dentro del cual emerge, la materia se ve impelida a
agruparse y, para hacerlo, responde a las tensiones y atracciones de los
enlaces electrónicos, originándose la nueva síntesis molecular. La
inestabilidad es, pues, doble, pues por un lado el sistema puede desestructurarse
o decaer, y por el otro se ve impulsado a organizarse en configuraciones de
mayor complejidad. Que tome un camino o el otro dependerá exclusivamente de la
persistencia de los flujos de energía.
Sin embargo, el diablo está en los detalles, y
“la materia” como tal no existe: lo que existe, en definitiva, son quarks confinados
dentro de protones y neutrones agrupados en núcleos atómicos por la Fuerza Nuclear
Fuerte, y estos últimos vinculados por diferencial de carga a nubes electrónicas
en torno a ellos.
Ahora bien, si nos asomamos a los núcleos de
eso que llamamos “materia”, veremos enseguida que no son idénticos. Existen en
el universo 118 tipos de núcleos atómicos, y cada uno de ellos es un tipo o una
forma diferente de “materia”. Existen, por tanto, 118 formas de ser materia en
el universo (más algunas más, muy fugaces o inestables, de origen humano.)
¿Qué hace diferentes a los núcleos? El “peso atómico”, es decir, el número de protones y neutrones agrupados en el núcleo. Así pues, es la integración de los protones y neutrones lo que crea las diferentes formas de eso que llamamos “materia”.
Para la Epistemología Mestiza, que postula que
integrar es integrarse, esta es una aclaración del mayor interés. Asistimos
aquí a una paradoja, pues vemos con claridad que la diferencia surge de la
integración y la integración hace surgir la diferencia.
Traspuesto esto a la escala molecular, vemos
precisamente que la diversidad de formas de la materia (elementos atómicos) es lo
que posibilita o potencia la integración y la diversidad molecular. En otras
palabras, la síntesis no es una amalgama de lo idéntico, sino la integración de
lo que previamente se ha diferenciado.
Es en este punto donde esta filosofía
silvestre se encuentra con las ideas del filósofo francés Gilbert Simondon (1924-1989),
quien centró su reflexión en el proceso de individuación valiéndose de términos
con los que la Epistemología Mestiza resuena.
No intentaremos reproducir ni “explicar” aquí las ideas de Simondon, sino resaltar nuestro espejamiento y resonancia en esta idea paradojal: es la individuación (que también podríamos llamar “particularización”) lo que hace posible la integración y, por tanto la emergencia de una síntesis compleja e integradora de lo diferente.
Solo lo que se diferencia puede integrarse; solo lo que se integra puede diferenciarse.Es lo que Simondon denominó “el devenir del ser” y que a la luz de lo previamente expuesto, podemos describir también como el despliegue de las posibilidades del vacío en el espaciotiempo.
Corolario de
todo lo anterior es concluir que integración es lo opuesto que disolución, lo que
a su vez resuena con aquella bella imagen de Theilard de Chardin: lo búsqueda
de lo esencial no debe llevarnos por el camino de la abstracción, sino hacia la
“concentración de las savias de la vida”.
Marzo
2026

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