sábado, 9 de mayo de 2026

¿DE QUÉ SE ALIMENTAN LOS DIOSES?

Concebidas a menudo como relaciones de reciprocidad, los tratos entre dioses y humanos también nos dicen algo sobre los intercambios energéticos y la termodinámica. Al menos para la Epistemología Mestiza.

Contrario a lo que parece, el alimento de los dioses puede ser un tema de interés, incluso para quienes no estamos convencidos de su existencia ni tenemos una idea clara de cómo podrían ser ellos, en caso de existir.

El asunto se presenta así: todo cuanto existe (al menos en las tres dimensiones espaciales y el tiempo) es, en última instancia, un sistema que intercambia energía con lo que lo rodea. La única excepción posible es el espacio-tiempo en su totalidad, que presuntamente no intercambiaría energía con ninguna otra instancia, porque tal cosa no existe, aunque los físicos teóricos tampoco pueden afirmar esto de forma taxativa.

Nebulosas, estrellas, planetas, púlsares, cuásares, agujeros negros, cometas, asteroides y todos los objetos conocidos están en permanente intercambio de energía y/o materia con su entorno, no digamos ya ese rarísimo (hasta donde sabemos) fenómeno cósmico que es la vida: su organización y mantenimiento requiere ingentes cantidades de energía, en intercambio constante con su entorno inmediato, para alcanzar y sostener su precario equilibrio homeostásico.

Si todo cuanto existe intercambia energía y/o materia con lo que lo rodea, ¿por qué habrían los dioses de ser distintos?

La mayoría de los pueblos asumieron que sus dioses, como todo lo observable, requieren de alimentación.  En algunos casos, imaginaron selectos y exclusivos manjares para ellos, que a menudo son, precisamente, los que les confieren la inmortalidad; en otras ocasiones, además de vitalidad, los alimentos también les confieren a los dioses visiones superiores y conocimiento trascendental.

En el vasto mundo de la diáspora Yoruba, en África y en América, los Orishas reciben diversas ofrendas (bebidas y alimentos). Estas no cumplen exactamente la función de alimentarlos en un sentido biológico, sino de nutrir su Aché (energía vital) para propiciar su manifestación en el plano terrenal. Lo que se alimenta y mantiene es la fluidez entre el Ara Onu (plano de los espíritus) y el Ayé (mundo físico). En este sistema, la divinidad es una fuerza en movimiento que requiere de la ofrenda humana para 'anclarse' y operar; sin ese intercambio, el vínculo se debilita y el orden sagrado se vuelve inaccesible para la comunidad.

En el mundo mesoamericano (nahua y maya), pero no exclusivamente en él, se configura la idea de que los dioses y los humanos vivimos en estrecha dependencia recíproca: los dioses infunden vida a los humanos, pero los humanos les retribuimos a ellos con fuerza o aliento vital, vía sacrificios, y el destino y sostenimiento del cosmos en su totalidad depende de este intercambio. En general, muchos cultos, ritos y sacrificios no solo los humanos asumen que de esa forma se alimenta a los dioses, en retribución por la vida o los bienes que estos nos conceden.

Entre los bribris de Costa Rica, Sibö, el gran concebidor u orquestador del mundo, en ocasiones cede las vidas humanas a sus numerosos ayudantes para que se alimenten; ellos se presentan en forma de enfermedades que devoran a los hombres “como ardillas el cacao.”

Naturalmente, en los monoteísmos el asunto es diferente, pues ellos mismos, como doctrinas, recogen y transmiten la intuición de la totalidad.

Ni Yavéh ni Alá requieren de alimento alguno; en la teología islámica, una de las definiciones fundamentales de Al-Samad (el Eterno, el Absoluto, el Impenetrable), es que no come ni bebe, pues el alimento implicaría necesidad, y por lo tanto imperfección. Tanto Alá como Yavéh son fuente primordial (y espiritual) de la que los humanos y todo lo existente dependemos y nos nutrimos, pero ellos mismos no dependen de nada ajeno o exterior.

En la teología hebraica, concretamente en la cábala luriana, Ein Sof es la Plenitud Original que no requiere de nada para mantener su condición. Sin embargo, en el proceso de creación, ocurrió una catástrofe cósmica —la Ruptura de los Vasos— que fragmentó las emanaciones divinas y precipitó chispas de luz a una condición de exilio en la materia. De tal condición, la divinidad será redimida mediante el Tikún, con la participación mística de los hombres. En este drama, la divinidad exiliada se nutre de la luz recuperada por el hombre; así, la redención humana es, al mismo tiempo, la restauración de la unidad divina.

La cábala luriana. La fragmentada luz divina retorna a la plenitud, y la reinstaura, gracias a la mediación humana: una variación sobre la transaccionalidad entre dioses y humanos. 

En el budismo, los Devas o seres iluminados de los reinos superiores no consumen alimento físico alguno y se alimentan exclusivamente de Dhyana (meditación/concentración), propio de un estado de conciencia pura.

En el Zoroastrismo, Ahura Mazda, la Divinidad Suprema, creadora del orden cósmico, no requiere ni se alimenta de nada, pero las buenas acciones humanas mantienen y refuerzan el orden contra la insidiosa labor de destrucción desplegada por el Antagonista supremo, Angra Mainyu.

En conjunto, estas ideas y visiones nos revelan que la conciencia de la inter-dependencia energética de todo lo existente es antigua como la humanidad, y que únicamente el Todo estaría exento de intercambiar energía con otras instancias, puesto que sería una contradicción en los términos.  

El tema de la alimentación y la nutrición quedó fuera de la mayor parte de la tradición filosófica occidental, aunque en el mundo antiguo, algunos presocráticos y estoicos lo abordaron tangencialmente, y le correspondió exclusivamente a la Medicina ocuparse del asunto.

No será hasta mediados del siglo XIX, con el descubrimiento casi simultáneo de las leyes de la termodinámica y del metabolismo celular, cuando el sustento material de la vida vuelva a ser objeto de atención filosófica, y hasta la segunda mitad del siglo XX, cuando el asunto se vislumbre en todas sus fascinantes dimensiones: la vida surge y depende de los gradientes de energía térmica, química y electromagnética presentes en nuestro planeta. Emerge de esas diferencias y se nutre de ellas. La energía del tigre que salta sobre su presa viene de las estrellas; el calor que se desprende de la gacela en su huída, regresa al cosmos. 


REFERENCIAS

De la Garza, Mercedes (1978). El hombre en el pensamiento religioso Náhuatl y Maya. Universidad Nacional Autónoma de México. México.

García, Alí y Alejandro Jaén (1996). Ies Sa´Yilite. Nuestros Orígenes. Historias bribris. Embajada de España en Costa Rica. Centro Cultural Español. 1a edición. San José,  Costa Rica. 

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